viernes, 13 de diciembre de 2013

Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, tengo razón.

Entendemos la razón como algo que va más allá de haber acertado en nuestras predicciones o enunciados. Es nuestra, puede que breve, supremacía sobre otros, y es eso lo que la hace tan deseada. Schopenhauer nos ayuda a ello en su libro "Dialéctica erística o el arte de tener razón" en el que expuso 38 estratagemas con los que tener razón lícita o ilícitamente. 
 Ese "te lo dije" con el que se nos llena la boca de orgullo y vanidad es la manifestación física de lo que os hablo. La palabra razón proviene del latín "ratio" que a su vez significa división. En muchas ocasiones, cuanto más defendemos nuestra razón, mayor se hace el cociente de esta división y más nos separamos de las visiones de los demás. 

No quiero hablar de la razón científica, económica, política... porque esas se tienen, no se tienen o incluso se pactan o se compran.   Yo quiero ahondar en aquella que tiene que ver con el desarrollo personal. A veces, la frustración, incluso la ira, nos corroe por dentro cuando la persona que tenemos en frente no atiende a nuestras razones - las más válidas, por supuesto, porque como decía Descartes "No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente." - La pregunta es, ¿merece la pena ese desgaste mental, e incluso emocional? ¿es acaso relevante para nuestras vidas la mayoría de las discusiones en las que nos enzarzamos por tener la razón? Sin embargo, nos desvivimos con muchas de ellas y cuando ninguno acepta la razón del otro aparece la resignación. Por si fuera poco, llegamos a esperar que el tiempo ponga a cada uno en su lugar, y a nosotros con la verdad...que es en lo que traducimos la razón al final de todo. Cuando somos conocedores de que "poseemos" la verdad, nos sentimos reconfortados y aliviados, como si tanta querella hubiera merecido la pena, sin darnos cuenta de que esa paz (sólo mental) está bastante alejada de aquella que proporciona una verdadera felicidad.

¿No es hora de encontrar la felicidad más allá de la razón?

"¿Cuál es el origen de esto? La maldad natural del género humano. Si no fuese así, si fuésemos honestos por naturaleza, intentaríamos simplemente que la verdad saliese a la luz en todo debate, sin preocuparnos en absoluto de si ésta se adapta a la opinión que previamente mantuvimos, o a la del otro; eso sería indiferente o en cualquier caso, algo muy secundario. Pero ahora es lo principal. La vanidad innata, que tan susceptible se muestra en lo que respecta a nuestra capacidad intelectual, no se resigna a aceptar que aquello que primero formulamos resulte ser falso, y verdadero lo del adversario. Tras esto, cada cual no tendría otra cosa que hacer más que esforzase por juzgar rectamente, para lo que primero tendría que pensar y luego hablar. Pero junto a la vanidad natural también se hermanan, en la mayor parte de los seres humanos, la charlatanería y la innata improbidad. Hablan antes de haber pensado y aun cuando en su fuero interno se dan cuenta de que su afirmación es falsa y que no tienen razón, debe parecer, sin embargo, como si fuese lo contrario. El interés por la verdad, que por lo general muy bien pudo ser el único motivo al formular la supuesta tesis verdadera, se inclina ahora del todo al interés de la vanidad: lo verdadero debe parecer falso y lo falso verdadero." (Arthur Schopenhauer, Dialéctica erística o el arte de tener razón).

2 comentarios:

Alejandro Martín dijo...

Muy bueno! Pero es que la razón no busca tener razón. El que busca tener razón es el ego. La razón busca otra cosa. Hablo de eso precisamente en mi próximo artículo, ya te lo enlazaré...

Unknown dijo...

Ciertamente. Esperaré ese artículo!